En una subasta es fácil dejarse llevar por la emoción de los últimos minutos. Por eso los compradores con experiencia hacen los números antes de que empiece: calculan cuánto pueden pagar y no se mueven de ahí.
El cálculo parte del precio al que se podrá vender el coche una vez preparado. A esa cifra se le restan los costes previsibles: reparaciones, limpieza, transporte, gestiones administrativas y el margen que el negocio necesita para que la operación tenga sentido. Lo que queda es el tope de puja.
Tener ese límite claro tiene dos ventajas. La primera, que evita pagar de más por un vehículo solo por ganar la subasta. La segunda, que permite pujar con tranquilidad: mientras el precio esté por debajo del tope, merece la pena seguir; cuando lo supera, toca retirarse sin remordimientos.
Siempre habrá otra subasta y otro coche. La disciplina, más que la suerte, es lo que hace rentable comprar así a largo plazo.

